Nos encontramos en la puerta de una nueva Semana Santa  y desde la Concatedral de San Niolás queremos compartie esta bonita reflexión; en esta semana tan trascendente y, a su vez, intensa desde el punto de vista litúrgico, la Iglesia nos invita a centrar nuestra atención, orar y reflexionar sobre la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

También, es probable que dediquemos estos días a descansar del trajín laboral cotidiano, a aprovechar la ocasión para reunirnos en familia, y/o realizar algunas actividades postergadas o difíciles de llevar a cabo durante el resto del año.

Por ello, me parece interesante que reflexionemos de qué modo pensamos y deseamos vivir esta nueva Semana Santa. A pesar de que, para algunos, se haya vuelto una “rutina” del calendario, creo que la ocasión es propicia para que nos detengamos y pensemos, seriamente, de qué manera los misterios que celebraremos en estos días nos pueden ayudar a rechazar todo aquello que nos separa del Señor y, muriendo al pecado, resucitar a una vida nueva para seguir coherentemente a Jesús.

Como herramienta para facilitar esta tarea, hoy les propongo la lectura, personal y/o grupal, de un testimonio íntimo, que publicó Santos Benetti en su libro Jesús, rebelde con causa, a comienzos de la década del ´90, sobre el significado que estos días pueden llegar a tener en nuestra vida. Por cuestiones de espacio,se transcriben  los fragmentos más significativos de todo el capítulo del libro:

Nunca olvidaré aquella noche. Estaba en España, en el hemisferio norte. Y aquel día era martes santo. Había leído tanto sobre eso de la primera luna llena de primavera, que, esta vez, no iba a perder la oportunidad de contemplarla.

Y valió la pena. Fue como ubicarme en aquella última semana de Jesús, cuyos trascendentales acontecimientos giraron en torno a esa luna llena de la primavera, bajo el signo de Aries.

Fue un largo rato de contemplación. La luna, más redonda que nunca. Y una extraña claridad bajando sobre la tierra. Esa noche marcaba el comienzo del año cósmico, el punto máximo de equilibrio entre los astros y la tierra.

Con razón, pensaba, los antiguos celebraban esta noche la gran fiesta de la vida nueva. Con razón, los hebreos festejaban, esta noche, la fiesta de Pascua.

¿Y sería coincidencia que Jesús rematara su corta vida bajo esta luna maravillosa, cuando la naturaleza toda despertaba de la muerte universal para reventar en mil destellos de vida?

Efectivamente, los pueblos antiguos, mucho antes que los hebreos instituyeran la pascua, festejaban el día más hermoso del año; la primera luna llena de la primavera, cuando el sol transcurre por el signo de Aries, comenzando su gran ciclo solar.

Fiesta de la primavera, fiesta de la vida, fiesta del amor. Muere el año viejo, y nace el nuevo. La muerte y la vida se juntan en ese punto en un misterioso abrazo. De una surge la otra.

Y en ese hecho cósmico que se repite cada trescientos sesenta y cinco días, la humanidad descubrió el sentido de su propia existencia: morir y renacer.

Por eso, el judaísmo instituyó ese día su fiesta máxima: el renacer a la libertad tras la muerte de la esclavitud egipcia. A esa fiesta la llamaron “pascua”, que significa “paso” hacia la vida nueva.

Se me ocurre pensar que ese Reino de Dios es el gran misterio de la vida que siempre esta allí renaciendo entre nosotros.

Los antiguos oteaban el cielo para descubrir la llegada de la luna llena de primavera, atentos a los nubarrones que los podían despistar. Vigilaban el cielo para poder festejar la fiesta de la vida nueva. “Estén atentos, vigilantes…”, “observen los signos de los tiempos…”, decía Jesús.

Entre tanto, llamamos “Semana Santa” a esta semana de la primavera naciente. Porque se nos puede pasar toda la existencia sin descubrir la vida, el gozo hermoso de vivir.

Entre tanto, llamamos “Semana Santa” a esta semana de la primavera naciente… ¿pura casualidad? ¿Simple coincidencia?…

Intentemos pensar que “lo religioso” no es algo separado de la vida, sino la fuerza de la vida. Eso que nos rejuvenece física y espiritualmente. En todos los sentidos. Sentir la fe como una primavera…

Renacer a tantas cosas, dejando atrás el invierno del cansancio, de rutina, de odios, de muertes, de injusticias, de hambrientos, de explotados…

Renacer a nosotros mismos, como personas creativas: que piensan, que investigan, que se hacen preguntan, que buscan horizontes mejores.

Recrear “espacios verdes”, una sociedad más justa, una familia más cariñosa, un lugar de trabajo más digno.

Descubrir la vida y gozar de ella…

(Santos Benetti, fragmentos del capítulo “Luna de primavera”, en Jesús, rebelde con causa, Ediciones Paulinas, 1991)

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  • Para la reflexión personal y grupal:

-¿Cómo hemos vivido la Cuaresma que culmina? ¿Como deseamos, como pudimos? ¿Fue un verdadero tiempo de preparación para celebrar la pascua de Jesús? ¿Nos faltó algo para lograrlo? ¿Qué?

-¿Cuál es el mensaje que el autor nos quiere transmitir a partir de su testimonio? ¿Hemos descubierto algún aspecto nuevo sobre la Semana Santa?

-¿Los días de Semana Santa se han convertido en una rutina también para nosotros? ¿Por qué? ¿O implican, simplemente, un par de días para aprovechar turísticamente? ¿Qué nos puede aportar de “novedoso” una nueva celebración de los misterios de la pasión de Jesús?

-¿Qué deberíamos hacer para, como expresa Santos Benetti, “renacer”, en Semana Santa, a una nueva vida celebrada, más justa, más digna, más solidaria, etc.?

– ¿Cuál tendría que ser nuestra actitud personal y/o grupal para “recrearnos” y ser, así, más creativos, mejores cristianos, fieles seguidores de Cristo, etc.?

-A partir de lo que hemos reflexionado, propongamos alguna iniciativa, personal y/o comunitaria, que sintetice el fruto de nuestro trabajo reflexivo.

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  • Para profundizar nuestra reflexión:

La publicidad, en todos los Medios de Comunicación, derrocha ofrecimientos de viajes y hoteles, comidas y vinos, playas y montañas, para el miniturismo de la Semana Santa.

En muchos aspectos, hemos de “volver a las fuentes” para ser la Iglesia fiel a Jesús y su Evangelio, urge volver a celebrar la auténtica Semana Santa. Y, así, “pasar”, una semana al año, concentrados en el acontecimiento mayor que ha acontecido en la historia de la humanidad: un hombre murió por el bien de toda la humanidad entera. Ese hombre es el Hijo de Dios. Es el Hombre-Dios. Es Jesucristo, el Señor de la Iglesia y de la Historia. Es el Salvador enviado por el Padre Dios no para condenar al mundo, sino para salvarlo (Juan 3, 16). Es Jesús nacido en Belén de María-Madre-Virgen- para entregarse a la muerte y muerte de cruz… para la felicidad y liberación integral de cada persona que viene a este mundo.

No hay lenguaje humano que pueda expresar el hondo significado de la Cruz Salvadora de Jesús ni razón humana que logre comprenderla. Se puede apenas vislumbrar la inmensidad de la inefable realidad con el auxilio del mismo Espíritu Santo, tal cual aconteció en san Pablo, que, contemplando a Jesús crucificado, no atinaba sino a repetir extasiado: “Me amó y se entregó por mí”. Es que no queda otra actitud sino la de la contemplación orante para “pasar” la Semana Santa en clave cristiana. Precisamente, el origen de la Semana Santa fue dar un mayor tiempo de meditación contemplativa al misterio central y frontal de la vida cristiana. En los primeros siglos de la Fe cristiana, no fue necesario organizar una semana para tiempo de contemplación orante, en forma particular, el hecho de la Muerte y Resurrección de Jesús. Se vivía a pleno el núcleo esencial del cristianismo. No se es “cristiano” sin fe en Jesús muerto y resucitado ha sido el mensaje constante de los primeros testigos: los Apóstoles y primeros discípulos en la Iglesia de los orígenes cristianos. Por eso, el Concilio Vaticano II, para redefinir la Iglesia, no tuvo otra definición que la de ser “la comunidad de los creyentes en Jesús muerto y resucitado”.

Volvamos a la enseñanza apostólica y comprobemos que es el tema que moviliza la vida cristiana en todas sus dimensiones humanas. Es el núcleo generador de la renovación de una auténtica vida cristiana personal y comunitaria.

Por eso, es recomendable “pasar”, estos días de Semana Santa-calendario, en una real celebración de la Semana Santa en clave cristiana. Para lograrlo, aconsejo leer, en forma personal e íntima, meditando y orando los pasajes evangélicos sobre la Pasión-Muerte-Resurrección de Jesús en las cuatro versiones que nos han legado los evangelistas. No nos contentemos con escuchar las lecturas en las Ceremonias. Si lo hacemos con diligente dedicación, experimentaremos la cercanía del Espíritu Santo que, en forma inefable, hará penetrar, más y más, en el Misterio Pascual. Lejos de todo sentimentalismo doliente, se logra crecer en la Fe cristiana y, a la manera de san Pablo, percibir el amor que Dios tiene por cada persona humana con nombre y apellido… Pero, para esto, insisto en el consejo de leer los pasajes evangélicos indicados, animados por el Espíritu Santo que enseña la oración perfecta… Si lo hacemos, vamos a lograr la Fe del Centurión romano que al “ver como había expirado dijo: Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc 15, 39).

(Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma, Domingo de Ramos, 16 de marzo de 2008, tomado de www.aica.org)

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  • Para rezar:

Oración en familia

Señor,

nos hemos reunido en familia para darte gracias

por tu presencia entre nosotros,

por la vida que nos regalas,

y por el amor que has sembrado en nuestro hogar.

En estos días de Semana Santa,

que recordamos tus últimos momentos en la tierra,

danos fuerzas para vivir conformes a tus enseñanzas.

Queremos ser una familia constructora del Reino,

queremos caminar contigo hacia la Pascua,

queremos vivir la alegría de la conversión.

Nos ponemos en tus manos,

para hacer tu voluntad,

y seguirte más de cerca.

Amén