Gracias, Santo Padre, por todo lo que nos has enseñado durante tu larga vida y, sobre todo, en estos cortos años de tu pontificado. Gracias por el bien que has hecho a la Iglesia y al mundo. Tenías otros planes antes de ser elegido Papa: rezar, leer, escribir y comunicarnos el don de la sabiduría que Dios te ha dado. Pero no quisiste vivir para ti; tu fidelidad a los planes de Dios prevaleció sobre tus propios planes y aceptaste el servicio petrino, tan difícil en estos tiempos.

Frente a las críticas y tergiversaciones de tus actos e intenciones, nunca te he

visto a la defensiva. No has querido entrar en inútiles peleas; has preferido anunciar la fe de la Iglesia con claridad y sin rodeos. Y nos has enseñado a ver primero nuestros pecados, para convertirnos, antes que poner nuestra mirada en la mota del ojo ajeno.

Tu pontificado no ha sido largo, pero extraordinariamente intenso y fecundo. No te ha temblado el pulso para afrontar y corregir graves problemas enquistados en la vida de la Iglesia. Y has tenido audacia y creatividad para poner en marcha iniciativas evangelizadoras, como el atrio de los gentiles, el año de la fe, el diálogo interreligioso y tu participación en las redes sociales. Sobre todas ellas, el gran proyecto de la nueva evangelización en el que has querido embarcar a toda la Iglesia.

Nos has animado a vivir hoy «un compromiso eclesial más convencido a favor de una nueva evangelización para descubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe». Porque «donde hay tristeza, donde muere el humor, allí no está ciertamente el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo. La alegría es una señal de gracia».

Te he visto siempre como el padre bueno que quiere a sus hijos y se desvive por ellos. Nos has hablado claro, sin pretender halagar nuestros oídos y nos has acercado a Dios, fuente de la vida. Tu afirmación «un mundo sin Dios no tiene futuro» me ha llegado al corazón hasta identificarme con ella. ¡Cuántas veces la he recordado a mis diocesanos en mis cartas dominicales!

Gracias también por tus tres encíclicas: «Deus caritas est», en la que nos llevas de la mano para descubrir a Dios como amor, y a nosotros como testigos de ese amor ante nuestros hermanos, en estos tiempos de desamor y enfrentamientos; «Spe salvi», como un canto a la esperanza, que nos asegura, en estos tiempos de grosero realismo, que «el cielo no está vacío»; «Caritas in veritate», en la que te has atrevido a proponer la «lógica del don, de la gratuidad» como un correctivo imprescindible a la férrea lógica del estado y del mercado, a fin de generar dinámicas que permitan a nuestro mundo alejarse de esta crisis y de todas las que le amenazan en el futuro.

Gracias por tus homilías, tan densas y diáfanas, al mismo tiempo; por tus

mensajes y discursos, por tu cercanía a los pobres y a los jóvenes. Tu presencia en las Jornadas Mundiales de la Juventud, particularmente en la que tuvimos la suerte de compartir en Madrid hace dos años, nunca se borrará de nuestra memoria.

Me duele que te retires, pero te entiendo y te felicito por tu valentía. Cuenta siempre con mi oración.

Con todo mi afecto.

+ Alfonso Milián Sorribas

Obispo de Barbastro-Monzón