El Jueves Santo, Alicante se dispone a vivir una de las escenas más emotivas e íntimas de su Semana Santa. A las 23:30h., el Cristo de la Buena Muerte abandonará la Concatedral  de San Nicolás en la también conocida como “Procesión del Silencio“. El Cristo de la Buena Muerte en su recorrido por las calles de Alicante ,congrega a un gran numero de alicantinos que con gran devocion, fervor y , como no, recogimiento, acompañan a Jesús en su caminar hasta la Buena Muerte.

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ALGO DE HISTORIA DE LA PROCESION DEL SILENCIO

Es el  Dean Vicente Bendicho, quien  en su Cronica de principios del XVII, quien  señala la realización de una procesión de penitencia el Jueves Santo de 1603

(…)”de su capilla y claustro sale el Jueves santo, dadas las oraciones, una grande y devota procesión de luces y túnicas azules a devoción del manto azul con que de ordinario pintan y visten a la Virgen por ordinación de un concilio, y las armas de la cofradía que es la cruz blanca a modo de las que los comendadores o religiosos militares de San Juan”.

Este dato lo toma Bendicho de la carta que dirige el Cabildo para obtener de Roma, la aprobación pontificia de la Cofradía de la Virgen del Remedio como “asociación de fieles para la realización de obras de piedad o caridad e incremento y esplendor del culto público”.Así se remite en carta fechada el 2 de Abril de 1603 al canónigo D. Nicolás Martínez Clavero, el cual se encontraba en la Ciudad Eterna

“Nuestra Cofradía, ha hecho una Procesión de penitentes de más de 120 con sus vestas azules, con lo cual ha edificado toda esta Ciudad.”

Efectivamente, el 31 de Mayo de 1603, un mes después, se obtiene de Clemente VIII la aprobación canónica.

Durante el siglo XVIII (1753-1765) esta procesión continuaba celebrándose. En el año 1760, el propio Cabildo amonestó a varios penitentes

“que en la Procesión del Santo Cristo, no iban paramentados con las vestas, obligándoles para el año próximo, de que seis meses antes de la Semana Santa, los cofrades que desearan continuar siéndolo, habían de tener preparada su vesta…

Como queda constancia en las decisiones capitulares, a dicha procesión acudía una Comisión Municipal presidida por el Alcalde Mayor, varios eclesiásticos y, algunos años, eran invitados los Gremios de la ciudad.

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No hay constancia de causa alguna que justifique la desaparición de esta procesión de Jueves Santo que dejó a la Semana Santa alicantina con la “única” procesión de la tarde del Viernes, denominada “Procesión del Entierro”. Y en la que, acompañando al Santo Sepulcro, procesionaban el resto de las imágenes pasionarias. Esta procesión del Entierro partía del que fue primer templo cristiano de Alicante (Santa María), al menos, desde 1600.

VIVIR EL JUEVES SANTO

La liturgia del Jueves Santo es una invitación a profundizar concretamente en el misterio de la Pasión de Cristo, ya que quien desee seguirle tiene que sentarse a su mesa y, con máximo recogimiento, ser espectador de todo lo que aconteció ‘en la noche en que iban a entregarlo’. Y por otro lado, el mismo Señor Jesús nos da un testimonio idóneo de la vocación al servicio del mundo y de la Iglesia que tenemos todos los fieles cuando decide lavarle los pies a sus discípulos.

En este sentido, el Evangelio de San Juan presenta a Jesús ‘sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía’ pero que, ante cada hombre, siente tal amor que, igual que hizo con sus discípulos, se arrodilla y le lava los pies, como gesto inquietante de una acogida incansable.

San Pablo completa el retablo recordando a todas las comunidades cristianas lo que él mismo recibió: que aquella memorable noche la entrega de Cristo llegó a hacerse sacramento permanente en un pan y en un vino que convierten en alimento su Cuerpo y Sangre para todos los que quieran recordarle y esperar su venida al final de los tiempos, quedando instituida la Eucaristía.

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La Santa Misa es entonces la celebración de la Cena del Señor en la cuál Jesús, un día como hoy, la víspera de su pasión, “mientras cenaba con sus discípulos tomó pan…” (Mt 28, 26).

Él quiso que, como en su última Cena, sus discípulos nos reuniéramos y nos acordáramos de Él bendiciendo el pan y el vino: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19).

Antes de ser entregado, Cristo se entrega como alimento. Sin embargo, en esa Cena, el Señor Jesús celebra su muerte: lo que hizo, lo hizo como anuncio profético y ofrecimiento anticipado y real de su muerte antes de su Pasión. Por eso “cuando comemos de ese pan y bebemos de esa copa, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Cor 11, 26).

De aquí que podamos decir que la Eucaristía es memorial no tanto de la Ultima Cena, sino de la Muerte de Cristo que es Señor, y “Señor de la Muerte”, es decir, el Resucitado cuyo regreso esperamos según lo prometió Él mismo en su despedida: ” un poco y ya no me veréis y otro poco y me volveréis a ver” (Jn 16,16).

Como dice el prefacio de este día: “Cristo verdadero y único sacerdote, se ofreció como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya”. Pero esta Eucaristía debe celebrarse con características propias: como Misa “en la Cena del Señor”.

En esta Misa, de manera distinta a todas las demás Eucaristías, no celebramos “directamente” ni la muerte ni la Resurrección de Cristo. No nos adelantamos al Viernes Santo ni a la Noche de Pascua.

Hoy celebramos la alegría de saber que esa muerte del Señor, que no terminó en el fracaso sino en el éxito, tuvo un por qué y para qué: fue una “entrega”, un “darse”, fue “por algo” o, mejor dicho, “por alguien” y nada menos que por “nosotros y por nuestra salvación” (Credo). “Nadie me quita la vida, había dicho Jesús, sino que Yo la entrego libremente. Yo tengo poder para entregarla.” (Jn 10,16), y hoy nos dice que fue para “remisión de los pecados” (Mt 26,28).

Por eso esta Eucaristía debe celebrarse lo más solemnemente posible, pero, en los cantos, en el mensaje, en los signos, no debe ser ni tan festiva ni tan jubilosamente explosiva como la Noche de Pascua, noche en que celebramos el desenlace glorioso de esta entrega, sin el cual hubiera sido inútil; hubiera sido la entrega de uno más que muere por los pobre y no los libera. Pero tampoco esta Misa está llena de la solemne y contrita tristeza del Viernes Santo, porque lo que nos interesa “subrayar”; en este momento, es que “el Padre nos entregó a su Hijo para que tengamos vida eterna” (Jn 3, 16) y que el Hijo se entregó voluntariamente a nosotros independientemente de que se haya tenido que ser o no, muriendo en una cruz ignominiosa.

Hoy hay alegría y la iglesia rompe la austeridad cuaresmal cantando él “gloria”: es la alegría del que se sabe amado por Dios, pero al mismo tiempo es sobria y dolorida, porque conocemos el precio que le costamos a Cristo.

Podríamos decir que la alegría es por nosotros y el dolor por Él. Sin embargo predomina el gozo porque en el amor nunca podemos hablar estrictamente de tristeza, porque el que da y se da con amor y por amor lo hace con alegría y para dar alegría.

Podemos decir que hoy celebramos con la liturgia (1a Lectura). La Pascua, pero la de la Noche del Éxodo (Ex 12) y no la de la llegada a la Tierra Prometida (Jos. 5, 10-ss).

Hoy inicia la fiesta de la “crisis pascual”, es decir de la lucha entre la muerte y la vida, ya que la vida nunca fue absorbida por la muerte pero si combatida por ella. La noche del sábado de Gloria es el canto a la victoria pero teñida de sangre y hoy es el himno a la lucha pero de quien lleva la victoria porque su arma es el amoR.